
Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto, en el Arabá frente al Mar Rojo, entre Parán, Tofel, Labán, Hazerot y Dizahab. Once jornadas hay desde Horeb, camino del monte de Seir, hasta Cades-barnea. Y aconteció que a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todas las cosas que Jehová le había mandado acerca de ellos.
Deuteronomio 1:1-3
Los israelitas pasaron cuarenta años en un viaje que debió haber durado once días. No fue la distancia lo que se interpuso entre ellos y la tierra prometida. Fue la condición de sus corazones. El propósito de Dios era más profundo que simplemente trasladar a un gran grupo de personas a una nueva tierra. Él los estaba preparando para que vivieran en obediencia a Él una vez que llegaran. ¿Qué de bueno tendría la tierra prometida si los israelitas eran tan malos como las naciones que ya vivían ahí? El viaje fue una parte dolorosa pero necesaria en su preparación. Por medio de él Dios enseñó a los israelitas quién era Él: el Dios viviente, el Líder de la nación. También les enseñó quiénes eran ellos: una raza caída, pecadora, pronta para la rebelión y la duda. Dio a su pueblo rebelde la Ley para ayudarlos a comprender cómo relacionarse con Dios y con otros pueblos. Quizá su peregrinaje espiritual sea largo y quizás tenga que enfrentar dolor, desaliento y dificultades. Pero recuerde que Dios no está simplemente tratando de mantenerlo vivo. Quiere prepararlo para que viva una vida de servicio y devoción a Él.
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