“También Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola
vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para
cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan”.
Hebreos
9:28
Tú lector, no
puedes perdonarme por mis pecados. Ni puedo tampoco yo perdonarte por los
tuyos. Dos niños en un charco de lodo no pueden limpiarse uno a otro. Necesitan
a alguien limpio. Alguien sin mancha. También nosotros lo necesitamos.
Por eso
necesitamos un Salvador.
Nuestro intento
por llegar al cielo basándonos en nuestra propia bondad es como intentar llegar
a la luna trepando por sus rayos de luz. Linda idea, sí. Pero, ¿qué pasa si la ponemos en
práctica?
Escucha. Deja ya
de tratar de aplacar tu culpa. No lo lograrás. No hay forma de hacerlo. Ni una
botella de whisky, ni la asistencia
perfecta a la iglesia lo lograrán. Lo siento. No me importa cuán malo seas. No
puedes ser tan malo como para olvidarlo. Y no me importa tampoco cuán bueno
seas. Porque no puedes ser tan bueno como para vencer tu culpa.
Necesitas un
Salvador.

