El hombre que dio un paso al frente para predicar en Pentecostés era imperfecto, y con fama de ser impulsivo. Pedro no solo había discrepado de Jesús, sino que incluso había negado conocerle. Pero se había convertido en un hombre cuyo impacto a favor del reino de Dios superaba su impulsividad.
Pedro es una inspiración para nosotros hoy. Dios no escoge a siervos que sean rocas sólidas, sin ninguna grieta o hendidura. Por el contrario, elige a personas que tienen debilidades y fracasos. El Señor busca a creyentes que sean dóciles, que estén dispuestos a arrepentirse, y que estén listos para entregarse a la voluntad de Dios —a personas parecidas a Pedro.
Él busca a seguidores dispuestos que hagan suyo el llamamiento de Isaías: “Heme aquí, envíame a mí” (Is 6.8). Esa es la vida victoriosa.


