
El cual, siendo en forma de Dios, no escatimo ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojo a si mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humillo a si mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”
(Filip 2: 6 al 8)
La vida de Jesús desde el principio fue marcada por prodigios y milagros, en su paso por esta tierra trajo dulzura, compasión, paz, bondad, y un amor sin medida humana por todo aquel que sufría. Su empatía con las personas era admirable. Les vio solos, tristes y desamparados como ovejas sin pastor, y les amo con un amor que provenía de la misma eternidad. Sin embargo, los hombres estaban ciegos y no vieron, estaban sordos y no oyeron, olvidaron con la facilidad con que el viento borra las huellas en la arena todos los milagros, las sanidades, las manifestaciones de amor de Jesús y le sentenciaron. Como Isaías profetizo en el cap 53, fue menospreciado y rechazado por los hombres, desechado y llevado como oveja al matadero, “herido fue por nuestras rebeliones”, traspasado a causa de nuestra rebeldía y atormentado a causa de nuestras maldades, el castigo que sufrió fue el que nosotros merecíamos, y nos dio la paz, la vida eterna y la salvación.
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