“Justo es el Señor, y ama la justicia; por eso los
íntegros contemplarán su rostro”.
Salmo
11:7
Cuando a José lo
echaron en una cisterna sus propios hermanos, Dios no se rindió.
Cuando Moisés dijo:
“Heme aquí, envía a Aarón”, Dios no se rindió.
Cuando los
Israelitas ya liberados añoraron la
esclavitud en Egipto en vez de la leche y la miel, Dios no se rindió.
Cuando Pedro lo
adoró en la cena y después lo maldijo junto a la hoguera, no se rindió.
Y cuando unas manos
humanas aseguraron las manos divinas a una cruz sirviéndose de grandes clavos,
no fueron los soldados quienes sostuvieron en su sitio las manos de Jesucristo.
Fue Dios quien las sostuvo.
“Dios estaría
dispuesto a renunciar a su único hijo antes que a renunciar a ti”.

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