"Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cisto."
Colosenses 2.9
Jesús no era un dios parecido al hombre, ni un hombre parecido a Dios. Era Dios hombre.
Un carpintero le sirvió de partero.
Un joven común y corriente lo bañó.
El hacedor del mundo con un ombligo.
Al autor de la Torá le enseñaron la Torá.
Humano celestial. Y porque lo fue, nos quedamos rascándonos la cabeza, medio pasmados, preguntándonos: ¿Qué hay de malo en este cuadro
? Momentos como estos:
Un lisiado patrocina la danza del pueblo.
La marienda de un niño satisface cinco mil estómagos.
Además, una tumba, vigilada por soldados, sellada con una roca, y sin embargo, un hombre que lleva tres días muertos la abandona.
¿Qué hacemos con tales momentos?
¿Qué hacemos con tal persona? Aplaudimos a la gente por hacer cosas buenas. Adoramos a Dios por hacer cosas grandes. Pero, ¿qué cuando un hombre hace cosas de Dios?
Una cosa es segura: no podemos hacer caso omiso de ese hombre.
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