“No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.
Filipenses
4:6
Mira a tu
alrededor. Sí, tienes muchas razones para preocuparte. El sol irradia rayos
cancerígenos. Los sistemas de refrigeración arrojan al aire partículas
microscópicas que congestionan los pulmones. Las papas fritas tienen demasiados
carbohidratos. Los vegetales tienen demasiadas toxinas. A propósito, ¿por qué
tienen que llamar “terminales” a los aeropuertos? ¿Por qué el piloto dice a los pasajeros “estamos a
punto de hacer nuestro descenso final? Incluso en tierra, el asistente de vuelo
nos advierte que debemos permanecer sentados hasta que la aeronave se detenga
“por completo”. ¿Acaso hay otros aviones que pueden detenerse de forma parcial
o a medias?.
Algunos de
nosotros hemos sacado posgrado en la Universidad de la Ansiedad. Nos vamos a
dormir preocupados de que no despertaremos. Nos despertamos preocupados de no
haber dormido bien. Nos preocupa que alguien descubra que la lechuga sí
engordaba.
La mamá de una
adolescente se lamentó: “Mi hija no me cuenta nada. Estoy hecha un mar de
nervios”.
¿No te
encantaría dejar de preocuparte por todo? ¿No te vendría bien vivir en un refugio
fuerte que te proteja de todos los elementos adversos de la vida?
Eso es justo lo
que Dios te ofrece: la posibilidad de una vida libre de preocupaciones. No solo
menos preocupaciones, sino nada de preocupaciones.
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